La sociedad desde siempre ha
tenido la tendencia de etiquetar o titular
indiscriminadamente situaciones, cosas e incluso a las personas. Es un
acto que parece formar parte de la cultura popular y lamentablemente está
impregnado en todos los estratos sociales.
Para los receptores de los rótulos
esta situación puede ser percibida como incomoda por describir de alguna manera
el sentimiento generado: Por ejemplo si eres sobresaliente en los estudios
inmediatamente las personas te rotulan de inteligente o afines, empiezan a
consultarte si practicas ajedrez o cosas por el estilo y si tus calificaciones
no son las mejores el rotulo varia en sentido opuesto y esa etiqueta tiene la
capacidad de estigmatizar a los aludidos. Justamente los afectados solo son
personas como cualquier otra y realizan sus actividades por sus convicciones,
influencia, conveniencia, entre otros factores que no es menester detallar, sin
embargo la mayoría prefiere no ser encasillado con una etiqueta, puesto que las
personas somos versátiles y desarrollamos muchas habilidades con opción a que
con el tiempo estas continúen su expansión en aras de nuestro crecimiento en
todo sentido y no deseamos ser rotulados por un tema determinado al margen de
que la etiqueta no incomode.
Si te vistes de determinada forma
también la sociedad tiende a rotularte ergo a asociar la forma de vestir a un concepto
o imagen producto de la idiosincrasia popular y esto no solo se aplica a los
ejemplos precitados sino a muchos otros casos.
Siendo más universal los
caucásicos de occidente menosprecian a los hispanoamericanos considerando que
solo somos útiles para trabajos que no requieren intelecto por provenir de una
zona en vías de desarrollo, sin embargo este espacio geográfico ha sido la cuna
de personajes brillantes en su materia como Gabriel García Márquez, Pablo
Neruda, entre otros. Asimismo se tilda a los asiáticos de amarillos siendo este
un rotulo racista basado en ideas retrogradas sin ningún sentido.
Recuerdo que cuando era
adolescente en una época en que la delincuencia era incipiente pero empezaba a
desarrollarse, mi grupo de amigos se reunía fervorosamente convocando a cada
vecino de la calle para lo que sería un partido de fulbito. La llamada no era
con celular sino con una voz parlante que avisaba que era la hora del encuentro
en una época en que los juegos de video quedaban en un segundo plano para
muchos de nosotros, salvo para los que no gustaban practicar deporte. Aunque
era mucho más que eso, representaba un duelo en el que ambos equipos nos
esforzábamos por lograr el triunfo en un ambiente de fraternidad y reunión de
todos los colores pero en un marco de respeto en el cual obviamente no eran
ajenas las palabras subidas de tono y las pequeñas grescas – que se
solucionaban de inmediato - producto del calor del partido. El balón iba y venía
y el resultado del encuentro no era medido en función al tiempo sino hasta que estuviéramos
exhaustos y en ocasiones el ganador se definía con el último gol sin ponderar
el marcador registrado hasta entonces, lo cual rompía la lógica pero éramos
felices con nuestras reglas extrañas e improvisadas. Era más que deporte era fraternizar y retornábamos
del parque luego de un arduo y animado encuentro de fulbito, no portábamos camisetas
y tampoco indumentaria costosa sino simplemente sencillos polos, buzos y
zapatillas comunes, en ese orden de ideas regresábamos a nuestro barrio y
mientras transitábamos por las calles hacia nuestro destino muchas personas se
alejaban de nosotros y en ciertos casos murmuraban rótulos despectivos hacia el
grupo por nuestro aspecto relativamente
deteriorado y sudoroso aunado a la
humilde vestimenta portada, pero esto respondía al agotamiento producto del
deporte realizado y a nuestra condición social que no nos permitía comprar
indumentaria de reconocidas marcas deportivas. Vale mencionar que cada uno de
los chicos eran estudiantes promedio y de buena educación pero tan solo por la
imagen que trasmitíamos en dicho momento, las personas generaban una idea errónea en su
interior y se alejaban de nosotros al vernos circular.
Increíblemente lo único que
deseábamos era llegar a nuestro barrio, sentarnos en la esquina de la calle
comprar una gaseosa para acompañar la tertulia sin entender claramente en ese entonces el proceder de las personas.
Traigo este recuerdo a colación para asociarlo al tema que estoy abordando.
Siempre resulta incómodo que te
rotulen o asocien a algo que no corresponde a la realidad. Debemos a aprender a
no prejuzgar y ser más tolerantes y mesurados tanto al hablar como al actuar
porque podemos estar injuriando sin ninguna base. Cuando la sociedad aprenda a
meditar antes de actuar el respeto aflorara.
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